jueves, 23 de noviembre de 2017

Sacrebleu! Estas cosas con De Gaulle no pasaban

El 19 de noviembre pasado, Guillermo Piro publicó en el diario Perfil la siguiente columna a propósito de la concordancia de sustantivos y adjetivos, que hará las delicias de todos y todas, o de todas y todos, lo que no es lo mismo, pero es igual.

Manteles y sillas blancas

Desde hace semanas se está discutiendo en Francia sobre la “escritura inclusiva” y una regla gramatical que muchas personas proponen superar y otras defienden. La regla, válida también en español, está resumida en la frase le masculin l’emporte sur le féminin, es decir, “el masculino prevalece sobre el femenino”. En nuestra lengua, la gramática también prevé que cuando en una frase un adjetivo se aplica a dos o más sustantivos se deben seguir dos reglas: si los sustantivos son todos masculinos o todos femeninos, el adjetivo mantiene el mismo género y se declina al plural, y si los sustantivos son de distinto género, el adjetivo se declina al masculino plural.

La edición francesa de Slate publicó un divertido artículo de Titiou Lecoq en el que cuenta que cuando cursaba la escuela primaria y le fue explicada la regla de la prevalencia del masculino, todas las niñas protestaron, mientras que los niños aplaudían: “Habían entendido perfectamente lo que estaba en juego y que la ilustración del libro decía claramente. Las chicas habíamos perdido”. La ilustración a la que se refiere Lecoq era, efectivamente, elocuente: un niño tirando de la soga con la sola ayuda de un perrito vencía a tres niñas que tiraban del extremo opuesto. El maestro trató de calmarlos diciendo que se trataba de una mera regla gramatical, pero los chicos comenzaron a canturrear algo así como “nosotros somos más fuertes”. “Pero nosotras –sigue Lecoq– veíamos que la regla nos estaba diciendo otra cosa: que los chicos habían ganado. Y los chicos habían entendido exactamente lo mismo”.

Se trata de una regla que no siempre existió en la lengua francesa. Hasta el siglo XVII prevalecía la concordancia por proximidad: el adjetivo asume el género del sustantivo más cercano. Fue después que se la reemplazó por la regla de la superioridad del masculino.

Algunos días atrás, más de trescientos docentes apoyados por un centenar de intelectuales firmaron un manifiesto en el que declaran que de ahora en adelante enseñarán ignorando la regla de la prevalencia del masculino. Los motivos son tres: 1) la regla de prevalencia es reciente en la historia de la lengua y no tiene utilidad alguna; 2) el objetivo de los promotores de la regla de prevalencia no era lingüístico sino político: la nueva fórmula fue usada para afirmar el orden de los valores que debían fundar la República francesa, un orden que “les negó a las mujeres los derechos políticos hasta 1944”; 3) la repetición de esta fórmula a niños y niñas induce a que ambos realicen representaciones mentales que llevan a aceptar el dominio de un sexo sobre otro.

La Academia Francesa –fundada en 1635 por el cardenal Richelieu, que dicta las reglas sobre cuestiones lingüísticas y que admitió por primera vez a una mujer entre sus miembros en 1980– reaccionó enfáticamente con una declaración firmada unánimemente por sus cuarenta miembros: la propuesta inclusiva de la lengua francesa es una “aberración” y pone “en peligro de muerte a la lengua francesa”.

Muchas personas hacen notar que la regla de proximidad es mucho más simple, más lógica y más fácil de enseñar. La ventaja de esta regla es además que quien la entiende como un duro golpe a la identidad nacional siempre podrá escribir, en vez de “los manteles y las sillas son blancas”, “las sillas y los manteles son blancos”.

Nota bene: esta columna fue escrita según las reglas de la escritura inclusiva. Si nadie se dio cuenta, tanto mejor. Significa que es posible no excluir a nadie sin provocar por eso un desbaratamiento lingüístico que ponga en peligro de muerte a la lengua española.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Cambios en Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM

El 4 de octubre pasado, Virginia Bautista publicó en Excelsior, de México, la siguiente entrevista con Joaquín Díez-Canedo, editor y traductor, ex director editorial del Fondo de Cultura Económica, ahora al frente de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México. Según la bajada de la nota: “El timón de Publicaciones y Fomento Editorial de la máxima casa de estudios asume un “compromiso radical”, que implica acrecentar la venta de libros”

Joaquín Díez-Canedo fija meta ambiciosa


CIUDAD DE MÉXICO.
El editor Joaquín Díez-Canedo Flores (1955) acepta “el compromiso radical”, “la meta ambiciosa”, de duplicar en dos años las ventas de los libros que publica la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Al frente de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM desde el pasado 23 de febrero, el también traductor busca que “la gran productora de conocimiento del país” plasme esta labor en sus libros y que éstos lleguen verdaderamente al público en general, además del universitario.

Quiero tomar el compromiso de vender bastante más, el doble de lo que vendemos. Esto es posible, porque realmente los libros de la UNAM se distribuyen y se venden muy poco. Se puede vender más porque los contenidos son muy pertinentes. Aquí está la gente más preparada y talentosa”, comenta.

En entrevista con Excélsior, el director general de la dependencia detalla que actualmente venden más o menos 20 millones de pesos al año, cuando deberían vender cien millones. “Vendemos 150 mil ejemplares al año, cuando deberían ser medio millón de ejemplares sin mucho problema”, afirma sin dudar.

Quien realizó  estudios de Física en la UNAM y de traducción en El Colegio de México explica que la meta de distribución para el año que entra “es por lo menos crecer un 25 por ciento, vender unos 30 mil ejemplares más, incluso un 50 por ciento. Y en el 2019, en dos años, duplicar el volumen de ventas”.

Admite que la máxima casa de estudios del país, que publica unos dos mil títulos al año, entre novedades y reimpresiones, “que representan 10 por ciento de la producción total de la industria editorial mexicana”, nunca ha distribuido sus títulos lo suficientemente bien.

Creo que hay una fama de que los libros de la universidad no son fáciles de encontrar, más allá de las librerías universitarias y de las ferias. La distribución es el mayor reto, pues se debe mover la producción que realizan 120 dependencias universitarias”, agrega.

El exdirector de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos de la SEP destaca que, con un catálogo histórico de unos 21 mil títulos, de los cuales 6 mil son acervo vivo, la UNAM es “una especie de federación de editoriales, porque cada facultad, cada instituto, tiene su propio programa de publicaciones”.

Dice que las dependencias que publican el 80 por ciento de lo que venden son Fomento Editorial, la Coordinación de Humanidades, la Dirección de Literatura, los institutos de investigaciones Jurídicas, Estéticas, Históricas, Antropológicas y Filológicas; así como las facultades de Economía, Filosofía y Letras y Ciencias Políticas y Sociales.

Con una planta laboral de 174 personas, esta dependencia es el producto de la fusión de dos organismos ocurrida el 6 de febrero de 1997: de la Dirección General de Publicaciones, que nació en 1955, y la Dirección General de Fomento Editorial, que se creó en 1986.

DISTINTOS FRENTES

Quien dirigió el sello paraestatal Fondo de Cultura Económica encabeza ahora una dirección que trabaja en varios frentes: publica, promueve y distribuye los libros que producen 120 dependencias, capacita al personal de éstas relacionado con la edición, coordina seis librerías, representa a la UNAM en las ferias del libro del país, digitaliza el acervo y procura dar mayor movilidad al almacén.

Lo que le corresponde a Publicaciones y Fomento Editorial es organizar y coordinar toda la producción de la UNAM. Cada instituto o facultad es totalmente autónomo de publicar lo que le convenga. Lo que sí se les pide es que haya comités editoriales y que las obras estén dictaminadas, que tengan ISBN”, explica.

El nieto del poeta Enrique Díez-Canedo e hijo del reconocido editor Joaquín Díez-Canedo Manteca —fundador de la editorial Joaquín Mortiz—, narra que siempre ha existido un intento pormenorizado de ordenar la actividad editorial en la universidad. “Se elaboraron unas normas editoriales a seguir, que son obligatorias, aunque no hay sanciones si no se cumplen”.

Destaca que esto se complementa con una tarea de capacitación sobre temas como derechos de autor, producción editorial y libros electrónicos. “Tenemos además centralizada la plataforma donde están en línea todas las revistas de la UNAM, que son 140. Y también aquí damos capacitación en el uso de una plataforma para producir estas publicaciones”.

Para agilizar la distribución, Díez-Canedo planea, dependiendo del tipo de título, utilizar las librerías físicas y la electrónica para los libros de papel; las plataformas en línea y la edición de libros electrónicos, así como la publicación a pequeña escala.

Tenemos canales para distribuir libros bajo demanda, pero existen pocos títulos. Básicamente por una cuestión de formatos; pero, sobre todo, de derechos de autor. Es decir, no tenemos la certeza de que todos esos títulos tengan autorización para reimprimirse en pequeña cantidad bajo demanda, o para publicarse de manera electrónica”, detalla.

Entonces, también procuramos ayudar a las dependencias a ponerse al corriente en esto. Les solicitamos que escojan los cinco libros de más amplio interés para convertirlos en electrónicos, sólo que tienen que resolver el tema de los derechos”, agrega.
Afirma que actualmente sólo tienen 90 libros electrónicos a la venta y que él quisiera que este acervo sume rápidamente 500 o mil títulos.

 

LIBRERÍAS Y FERIAS

El exdirector editorial de la Universidad Veracruzana admite que, a pesar de que la UNAM tiene acuerdos de distribución con la mayoría de las librerías del país, sus libros no poseen una buena presencia en ellas.

Tal vez porque es un catálogo muy amplio. Además, nuestro almacén no es tan ágil para mover las novedades. Ese es otro reto, tener un almacén con un mejor servicio, que recoja con celeridad las devoluciones, que las procese, que haya alguien que muestre a los compradores de estas grandes cadenas los libros nuevos, que los persuada”, asegura.

En este sentido, prosigue el editor, la comunidad universitaria está bien atendida, pues tienen seis librerías, tres dentro de la UNAM y otras tres en zonas clave de la ciudad; pero “debemos reforzar nuestra presencia en las librerías para llegar al público en general”.

Las librerías de CU, detalla, se localizan en la Tienda de la UNAM, la Enrique González Casanova a un costado de Rectoría, y la Jaime García Terrés, a la entrada del campus. Y las externas se ubican en la Casa del Libro, en la colonia Roma, en el Pasaje Zócalo-Pino Suárez y en el Palacio de Minería.

Está además la Julio Torri, en el Centro Cultural Universitario, que depende aún de la Coordinación de Difusión Cultural”, apunta.

Joaquín Díez-Canedo confiesa que desea cambiar la dinámica de participación de la UNAM en las 46 ferias del libro en las que participa, incluidas las propias. “Representamos a la universidad en las ferias del libro del país. Debemos tener la capacidad de dar un buen servicio de promoción y difusión y también de comercialización y distribución a las 120 dependencias que publican”.

Señala que evaluarán a qué ferias irán todos los años y en cuáles alternarán su presencia un año si y otro no. “Nos interesa apoyar a las ferias, pues algunas son organizadas por universidades, pero a veces no salen los costos. No queremos perder la presencia en ninguna y llevaremos más libros a las más importantes”.

Adelanta que en la FIL de Guadalajara la UNAM exhibirá este año unos 50 mil ejemplares, más las 140 revistas, “que al menos una vez al año tengan visibilidad en su conjunto”. Y agrega que en la distribución de los libros en el stand se verá la estructura de publicaciones que tiene la universidad, para que los lectores se familiaricen con las dependencias editoras.


martes, 21 de noviembre de 2017

Norte, una de las principales librerías porteñas, cumple seis décadas y desde aquí la felicitamos

El pasado 15 de noviembre, Daniel Gigena publicó en La Nación, de Buenos Aires, un artículo por los sesenta años de la Librería Norte, una de las tres mejores librerías de una ciudad famosa en el mundo entero por la cantidad y la calidad de sus librerías. “Es una de las librerías preferidas por los poetas, aunque su amplia oferta trasciende ampliamente los límites de la poesía y busca atender las necesidades de todo tipo de lectores”, dice la bajada de la nota, en la que hablan Débora Yánover, propietaria de la librería, y Sandro Barella, poeta y encargado.

Librería Norte: sesenta años con libros

Breve historia
Es una de las librerías más prestigiosas de la ciudad de Buenos Aires, el "norte" al que se dirigen bibliófilos porteños, de las provincias argentinas y de países extranjeros con los que se comparte la lengua española. Desde 1967, está ubicada en la avenida Las Heras 2225, frente a una de las sedes de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires y de la plaza Emilio Mitre. Antes, se encontraba en un local de la avenida Pueyrredón y Santa Fe.

Débora Yánover
"Ya desde entonces se llamaba Librería Norte cuenta Debora Yánover, una de las pocas libreras porteñas. Siempre tuvo un equipo de libreros con mucha experiencia." La lista de visitantes ilustres de Norte no para de crecer: de Quino a Julio Cortázar, pasando por Adolfo Bioy Casares, Gonzalo Rojas, Fabio Morábito y el impar poeta santafesino Hugo Gola.

Norte es una de las librerías preferidas por los poetas. Su sección de libros de poesía, situado al fondo a la derecha del local, es uno de las más completas de cualquier librería de América latina. "Las jóvenes generaciones de poetas acuden también a la librería", agrega Yánover, hija de Héctor Yánover (Alta Gracia, 1929-Buenos Aires, 2003), librero–poeta y autor de la célebre autobiografía Memorias de un librero, publicada en 1994 por Ediciones De la Flor y reeditada en 2014 por Trama Editorial. Yánover publicó también varios libros de poemas.

En Norte, ocasionalmente, se presentan libros, como ocurrió con la exhaustiva edición de Obra completa del poeta Francisco Madariaga, publicada por Eduner. Participaron del encuentro Diana Bellessi, poeta del río y de la naturaleza como Madariaga, Reynaldo Jiménez y Liliana Ponce.

Sandro Barella
Las perlas del catálogo 
Hay para todos los gustos. "Solamente no vendemos libros de ideología nazi", señala Sandro Barrella, también librero y poeta, autor de Los pájaros, entre otros títulos.

"En general, son libros que van más allá de lo estandarizado, aunque también tenemos ese material –agrega Yánover–. Ya sea por tratarse de libros que importamos, en general de poesía, ensayos, algo de narrativa y filosofía que no tienen distribución en Buenos Aires, o de editores independientes de nuestro país, cuyos materiales no siempre encuentran lugar en las 'grandes superficies' de las cadenas de librerías. Esas editoriales, en los últimos años, dinamizaron el mercado editorial argentino."

En Norte se puede encontrar la poesía de Elizabeth Bishop; la poesía reunida de Williams Carlos Willimas, iluminada de nuevo por Jim Jarmusch en el film PatersonLa práctica de lo salvaje, un libro de ensayos de Gary Sneider; El pulso de la luz, poesía escogida de Lawrence Ferlinghetti; Los hijos de Atenea, de la erudita Nicole Loraux y los Cuentos completos de Amy Hempel.

Cómo conseguir clientes
Norte tiene la marca del fundador, el sello que Héctor Yánover le imprimió a la librería. "Se mantiene la idea de un lugar con la más amplia oferta en libros, para las posibilidades de una librería independiente, donde estén a disposición libros sobre los temas más diversos que puedan interesar a diferentes lectores –dicen a coro Yánover y Barella–. Desde la novela de entretenimiento hasta libros de jardinería, de cocina, infantiles, de actualidad, mitología, psicoanálisis, literatura, historia... Para poder cubrir las necesidades de un lector sofisticado, sin desatender a un lector que a primera vista puede parecer menos exigente, pero que sin embargo encarna también un ideal de lector."En Norte la atención es personalizada y, con el tiempo, se conformaron planteles de libreros con oficio. "Es común escuchar de boca de nuestros clientes el agradecimiento por la atención recibida", confiesa Yánover.

Un diagnóstico sobre el sector de las librerías 
"Te respondo con el título de un libro de Hannah Arendt –arriesga la librera en la primavera de 2017–: Hombres en tiempos de oscuridad, un título acaso sexista para nuestra época... Pero no perdemos la esperanza." Ese libro de Arendt reúne ensayos sobre distintos intelectuales, de Karl Jasspers a Isak Dinesen y de Walter Benjamin a Hermann Broch, que padecieron condiciones extremas, tanto sociales como morales, y sin embargo desarrollaron obras formidables.

¿Cuál es el perfil de los clientes de Norte? 
“Desde el lector universitario, el ligado a las artes, poetas y narradores, hasta el lector más llano, que no por eso es menos lector. Hay un tipo de lectores que está representado por esas personas que, casi literalmente 'devoran' los libros. Que no leen con otro afán que no sea la lectura, y eso, por supuesto, es muy valioso."

Adaptados a la cultura digital que se impone por las buenas y por las malas, Norte tiene su propia página web: www.librerianorte.com.ar. "Vendemos mucho por ese medio –cuentan los libreros–. Incorporamos hace tiempo Facebook, con posteos y reseñas que son muy interesantes y tienen mucha llegada a los usuarios." Recientemente, además, sumaron Instagram como otro modo de tener presencias en las redes. Démosle like a Norte.

lunes, 20 de noviembre de 2017

El SPET revisa el 68 con Lydia Schmuck

En el próximo encuentro, que tendrá lugar el martes 28 de noviembre a las 18:00 en el Aula 400 del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515, edificio nuevo), nuestra invitada Lydia Schmuck (Deutsches Literaturarchiv, Marbach) quien disertará en alemán, sin traducción, sobre Transatlantische Übersetzungen der Idee von “1968” (Traducciones transatlánticas de la idea de “1968”)

Conferencia del SPET en el marco del XVI Congreso de la Asociación Latinoamericana de Estudios Germanísticos (ALEG): Germanística en Latinoamérica: nuevas orientaciones – nuevas perspectivas (Más información...), y, a su vez, cuarta y última exposición en el marco del Ciclo II/2017 del SPET: “Programa Sur, carnaval, políticas editoriales y 1968: Cuatro investigaciones en torno al objeto traducción”.

Sobre el proyecto de investigación
Las revueltas trasnacionales de fines de los años 60 fueron acompañadas de una trasnacionalización de la lectura, no sólo en el ámbito de la teoría sino también de la literatura. En América latina se produjo la recepción de los textos de Sartre, Barthes y Camus, pero también de las obras de Habermas y Marcuse. Europa, a su vez, vivió el famoso “boom latinoamericano”; entre 1966 y 1980 se publicaron por primera vez en alemán numerosas obras de autoras y autores de Latinoamérica y el Caribe. De modo que no sólo los intelectuales y los escritores, sino además las editoriales tienen un papel clave en la historia de las ideas de 1968 desde una perspectiva latinoamericana y caribeña.

Un análisis del entramado global de acontecimientos políticos, historia de las ideas y producción literaria proporcionará conocimientos sobre las vías de comunicación entre América Latina, el Caribe y Europa, y permitirá a la vez adoptar una posición crítica respecto de la global intellectual history, pensada con tanta frecuencia desde una perspectiva eurocéntrica.


Lydia Schmuck trabajó de 2005 a 2009 en el Instituto de Ibero-romanística de la Universidad de Basilea, donde se doctoró en el marco del proyecto “Contacto cultural, conflicto cultural. Construcción y puesta en escena literaria de las relaciones luso-españolas”. Entre 2012 y 2016 trabajó en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Hamburgo, donde desarrolló un proyecto de investigación propio, financiado por la DFG (Deutsche Forschungsgemeinschaft), sobre la idea de Europa en el ensayo español y portugués. Desde junio de 2016 se desempeña en la sección Investigaciones del Archivo Alemán de Literatura (DLA Marbach), con un proyecto de investigación sobre “1968” en el contexto latinoamericano y caribeño desde la perspectiva de la historia literaria y la historia de las ideas. Sus áreas de investigación son la historia literaria y la historia de las ideas entre América Latina y Europa, los círculos intelectuales internacionales, las plasmaciones literarias de las ideas políticas, las concepciones poscoloniales del espacio, la memoria y la identidad.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Con la presencia de Sylvia Molloy se cierran las actividades públicas del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires en 2017


Finalmente Sylvia Molloy estuvo en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires para cerrar las actividades públicas de 2017. La excusa fue Vivir entre lenguas, un libro del todo inclasificable, donde a través de una serie de textos de muy diverso orden, pero generlamente con un profundo sentido autobiográfico, la autora reflexiona sobre las lenguas en que vivimos y comparte con el lector sobre su propia experiencia trilingüe.

La charla se desarrolló en un clima francamente amable e informal y el público participó muy activamente con preguntas que la invitada contestó detalladamente y con mucho sentido del humor. 


Luego, aprovechando que la editorial Eterna Cadencia trajo ejemplares de varios de los títulos que Molloy publicó allí, se formó una cola para que cada uno de los presentes recibiera la correspondiente dedicatoria. 

En los próximos días aquí podrá verse el video de la reunión.

Sylvia Molloy (Buenos Aires, 1938) es una de las más importantes escritoras de la lengua. Doctorada en Literatura Comparada en La Sorbonne, fue becaria de la Fundación Guggenheim, del National Endowment for the Humanities, del Social Science Research Council y de la Fundación Civitella Ranieri. Fue profesora en las universidades de Yale y de Princeton y, en 2007, creó la maestría en escritura creativa en castellano de la New York University. Su obra crítica incluye La Diffusion de la littérature hispano-américaine en France au XXe siècle (1972), Las letras de Borges (1979), Acto de presencia: la literatura autobiográfica en Hispanoamérica (1997) y Poses de fin de siglo. Desbordes del género en la modernidad (2012). De su obra estrictamente creativa se mencionan En breve cárcel (1981), El común olvido (2002), Varia Imaginación (2003), Desarticulaciones. (2010) y Vivir entre lenguas (2016). En la actualidad es Albert Schweitzer Professor in the Humanities Emerita por la New York University.

jueves, 16 de noviembre de 2017

A modo de anticipo de la visita de Sylvia Molloy al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

El 28 de febrero de 2016, el escritor José María Brindisi publicó en La Nación, de Buenos Aires, una entrevista que realizó con Sylvia Molloy a propósito de Vivir entre lenguas, un magnífico y muy singular libro que por esas fechas publicaba la editorial Eterna Cadencia. A un día de realizarse el último encuentro del año, que tiene a ese autora y a ese libro como exclusivos protagonistas, parece entonces oportuno volver a leer el diálogo que en la oportunidad mantuvieron ambos escritores.

“Crítica y narración son para mí proyectos 
paralelos en constante diálogo”

Debe ser extraño eso de no estar y, al mismo tiempo, “estar cada vez más”. Porque a pesar de que hace más de cuatro décadas que vive fuera de la Argentina, en los últimos años –sobre todo– el nombre de Sylvia Molloy pasó de ser un secreto a voces para convertirse, lentamente, en una autora insoslayable. Mucho han tenido que ver las reediciones de los últimos tiempos, que posibilitaron no sólo leerla –En breve cárcel, su primera novela, apenas había circulado aquí en fotocopias de la versión española de Seix Barral, de 1981, hasta que la editó Simurg en 1998– sino que aportaron, además, nuevas miradas, una relectura de parte de su obra a partir de un contexto absolutamente diferente. En breve cárcel se convirtió en una suerte de paradigma, una novela que –acaso por primera vez en el país– narraba sin tapujos y a la vez con extrema sutileza un amor lésbico. “Una historia de encuentros y desencuentros”, como la misma Molloy sintetizó en más de una ocasión, con la particularidad –para la literatura– de que ese amor era entre mujeres. Pero con todo lo que tiene de político ese gesto, leerla desde una nueva perspectiva permite redescubrir, o terminar de descubrir, una escritura. En ese sentido, el reciente rescate de Ricardo Piglia para su Serie del Recienvenido de esa novela –la colección que dirige en Fondo de Cultura Económica–, cuyo objetivo es volver visibles libros que no tuvieron la difusión que merecían, resultó fundamental por su valor simbólico y por sus implicancias literarias. 

Pero en ese estar y no estar de Molloy, que además de producir una obra crítica y ensayística notable ha trabajado durante mucho tiempo en algunas de las más prestigiosas universidades norteamericanas –Yale, Princeton, NYU–, hay un factor que se torna particularmente activo: su condición de trilingüe. Es decir, en ese ir y venir con total naturalidad entre el inglés –en el que le hablaba su padre–, el francés que estudió más tarde y el castellano natal se da un estado de alteración. “El bilingüe nunca se desaltera”, escribe Molloy en su flamante Vivir entre lenguas (Eterna Cadencia) –que presentará en Buenos Aires el viernes 11 de marzo– en el sentido de alguien que no tiene un control completo de sus reacciones, alguien que está momentáneamente en un sitio –una lengua– pero renunciando a otros. Entonces ese vaivén constante, ese escribir “desde una ausencia”, eligiendo un idioma y “afantasmando” los otros –que nunca desaparecen–, es desde siempre para Molloy un entrevero cotidiano, un modo de situarse en una suerte de vacío o no lugar. Una pelea que se da en su relación con el lenguaje, pero que desde luego va mucho más allá. 

–En uno de los pasajes más significativos del libro, usted habla de haber estado en algún momento de su vida “suspendida entre lenguas”, sin poder escribir. ¿Qué significaba exactamente esa crisis, y cómo encontró el antídoto para escapar de ella? 
Creo que no se puede escapar de la crisis sino, de alguna manera, asumirla. Es decir, aceptar que tanto la vida como la escritura son un ir y venir entre lenguas, y que si bien ese vaivén depara complicaciones también es fuente de creación. En el caso preciso que menciona, la única manera de escapar fue convencerme de que no tenía que elegir, que podía comenzar a escribir en cualquiera de mis lenguas porque si no me salía bien siempre me quedaba el recurso de traducirme a otra.

–El título original era Vivir en dos lenguas. El cambio parece revelador en cuanto a esa suspensión de la que hablaba.
–Preferí Vivir entre lenguas porque me parece crucial señalar el intersticio, el lugar intermedio donde se mezclan y contaminan saludablemente las lenguas, que en mi caso no son dos sino tres.


–Le llevó bastante tiempo concretar este libro. ¿A qué se debió? ¿Hubo alguna resistencia, precisamente, algo así como la sensación de estar perdida entre lenguas, países y la experiencia de toda una vida?
–Resistencia, no, tampoco sensación de pérdida, sino una suerte de desconcierto fecundo. Hace mucho que pienso entre lenguas, es lo que le toca al sujeto que maneja más de un idioma como propio. Somos muchos los que vivimos en vaivén lingüístico, especialmente en estos tiempos de desplazamientos, exilios, asentamientos provisorios, derivas de todo tipo. Yo me fui de la Argentina hace más de cuarenta años. No estaba perdida entre lenguas pero sí algo insegura. Había escrito critica en español y francés, y alguno que otro cuento en inglés y en español. ¿En qué idioma iba a escribir una novela?

–Al comienzo, usted menciona el hecho de haber aprendido el idioma francés como un acto de “recuperación” (la lengua en la que hablaba su abuela materna, y que su madre no había aprendido). Pero el inglés, que empezó a hablar apenas murió su abuela paterna, ¿no funcionó de un modo similar?
–No del todo. Aprender francés fue una iniciativa mía (avalada, debo decir, por mi madre, para quien el francés era lengua postergada y por lo tanto objeto de deseo), mientras que el inglés se dio naturalmente, si cabe el término, porque era la lengua activa de mi padre. No tuve que decidir que quería aprenderlo, el inglés que oía en boca de mi padre decidió por mí.

–La particular mixtura que hace entre narración y reflexión la emparienta con autores como Sebald, Cozarinsky, Magris o Piglia. ¿Qué le interesa particularmente de ese mestizaje? ¿Es el contexto en el que puede escribir con mayor libertad?
–Para mí la narración y la crítica son dos proyectos paralelos que están en constante diálogo. Casi siempre manejo dos proyectos a la vez, dejando que se enriquezcan mutuamente, que se contaminen. Cuando escribía En breve cárcel estaba pensando en las diversas formas y objetivos de la escritura confesional y de ahí salió no sólo la novela sino también el impulso para mi libro sobre la autobiografía. Lo mismo con El común olvido, escrito a la par que reflexionaba críticamente sobre narrativas de regreso para un libro que aún no he terminado. Del mismo modo, El común olvido me ha servido para incentivar la reflexión sobre el vivir entre lenguas.

–La palabra y la idea de “switchear”, refiriéndose al zigzagueo entre diversas lenguas, es un concepto central en todo el libro. ¿Ese “switcheo” produce, a veces, cruces inesperados, incluso extraños? Pienso en la referencia a Jorge Porcel, por ejemplo.
–Todo depende del efecto que se quiera obtener. Interrumpir el flujo de una lengua para dejar caer una o varias palabras en otra puede ser una afectación cultural, una manera de lucirse, como es bien sabido. Pero puede ser también una necesidad. Cuando el que vive entre lenguas “switchea”, lo hace porque la palabra en la otra lengua surge primero y se impone, o porque no encuentra la palabra en la lengua que está hablando, o porque la palabra en la otra lengua “lo dice mejor”. Pero una cosa es zigzaguear entre lenguas, y otra cosa es navegar entre referencias culturales. Cuando la narradora de Vivir entre lenguas habla de Porcel no es, desde luego, para impresionar al lector con la referencia cultural ni, en este caso, para impresionar a las gallinas a quienes les canta “A la cama con Porcel” cuando las hace entrar al galpón. Es una suerte de travesura, una especie de nonsense a la que se entrega cuando nadie la oye.

–El suyo es un caso muy diferente, pero ¿qué piensa de los escritores –como sucede hoy con frecuencia en América Latina– que se instalan en Estados Unidos detrás de una mayor circulación o, sobre todo, legitimación?
–No creo que las cosas se den en ese orden; es decir, no creo que los escritores latinoamericanos vayan a Estados Unidos con el propósito principal de encontrar mayor circulación y legitimación. La mayoría de los escritores latinoamericanos que conozco han llegado a Estados Unidos por necesidad: una beca de estudios, un empleo, un puesto en una universidad. Son exiliados, no siempre por razones políticas, cuya motivación principal es escribir y no necesariamente encontrar mayor circulación o legitimación. Porque ¿quién se las daría? Como es bien sabido el mercado editorial norteamericano está cada vez más restringido para el escritor extranjero a quien, salvo excepciones, tiende a ignorar. No se lo traduce, no se lo publica. Las grandes editoriales se dan el lujo de promover uno o dos escritores extranjeros como máximo para lucirse –pongamos por caso César Aira y Roberto Bolaño en New Directions o Bolaño, póstumamente, en Farrar, Straus & Giroux–, pero eso de la mayor circulación es, más bien, un mito.

–Usted menciona a W. H. Hudson, quien luego de treinta años se fue a Inglaterra a convertirse en un “escritor inglés”. Hay algo muy doblemente argentino en la relación que tenemos con él: o nos lo apropiamos –olvidando que escribía en inglés–, o lo vemos como una suerte de traidor?
–Creo que más bien nos lo apropiamos, ¿no? En efecto elegimos olvidar que lo leemos en traducción, olvidar que eligió ser un escritor inglés, olvidar que el título completo de la primera edición de La tierra purpúrea era The Purple Land that England Lost, título que luego acortó, sabiamente despojándolo de sus connotaciones imperiales que, para un lector argentino, traicionaría la admiración que le inspira el autor.

Vivir entre lenguas es uno de los libros en que su yo ha quedado más expuesto. ¿Ha logrado, aun así, establecer esa distancia que muchas veces le ha resultado indispensable para poder escribir?
–Me gusta la idea de exponerme a través de la lengua, a través de los cambios de lengua. Hay algo un poco louche (ya ve, no puedo con mi tendencia a mezclar) en la idea de descubrirse, en los dos sentidos del término, a través de esos cambios.

–En más de una ocasión ha planteado la práctica de la escritura como traslado, como “traducción”. ¿Cómo actúa esa doble traslación, en su caso, cuando escribe en inglés? ¿El castellano sigue siendo ese idioma “desde” el que es trilingüe?
–Totalmente. Si bien el ir y venir entre lenguas complica la escritura, también la estimula. Cuando me cuesta empezar un texto que he elegido escribir en español, lo hago en inglés (o, rara vez, en francés), la lengua relegada, para luego traducirme.

–En algún pasaje se refiere al “desamparo lingüístico” de su madre. ¿En verdad le otorga ese peso o se refiere a la lengua materna que a ella se le había negado?
–Me refiero a la lengua materna que le fue negada, el francés que sus padres hablaban con los hijos mayores pero que dejaron de hablar con los menores y que ella extrañaba. Sólo quedaban resabios de ese francés en el habla de mi madre, términos de costura, nombres de platos de comida, de algún mueble, mínimos pedacitos de la lengua materna afantasmada.

–Como mínimo, usted regresa a la Argentina una vez al año. ¿Logra sentirse en casa, es decir, convertirse en esa otra que no desea que la “agarren desprevenida”?
–Logro sentirme en casa justamente porque me fui de casa, y los retornos son maneras de convencerse –o de casi convencerse– de que uno nunca se fue. Pero el que vuelve siempre, de algún modo, muestra la hilacha: se sorprende de algún cambio que cree reciente cuando ese cambio ocurrió hace tiempo, o usa una palabra de otra época, o sigue pensando que la avenida Santa Fe es calle de mano única.

–El libro cierra con una pregunta, sencilla pero de múltiples significaciones: “¿En qué idioma soy?” ¿Ha podido responderla? ¿Hay una respuesta posible?
–No, no hay respuesta posible. Lo más que puedo decir es que no “soy” en este idioma o aquel, sino en el cruce mismo de mis idiomas, sitio imperceptible y precario donde una lengua desemboca en la otra y luego vuelve “en sí” contaminada por el desliz. No recuerdo qué escritor francés de origen ruso decía de sí mismo y de otros bilingües que eran todos “infectados de la lengua”, usando el término “infectar” como se usa en francés, al hablar de pintura: se dice que un color “infecta” a otro queriendo decir que tiñe el otro, que lo penetra, lo mancha. Es en ese precario cruce lingüístico donde me siento por fin en casa: es decir, donde soy.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (14)

Traductora de francés e italiano a castellano, especializada en arte contemporáneo, ciencias sociales y narrativa contemporánea. María José Furió Liu (Valencia, 1962) es, además de narradora, una de las más lúcidas ensayistas españolas actuales. Reside en Barcelona, ciudad donde cursó estudios de Filología Hispánica, especializándose en Literatura. Cursó el Doctorado en Literatura Comparada (Universitat Pompeu Fabra, 1ªedic., dirigida por Claudio Guillén 1994-1996). Desde 1992 colabora regularmente como crítica literaria en diversas publicaciones. En 1997 la editorial Mondadori publicó la novela  La mentira. Ha publicado además diversos relatos en Renacimiento (Sevilla) y  Galerna (Nueva York). En 2011 la revista mexicana La Tempestad  publicó en su número 80 el relato Tongo. Como fotógrafa, con intención de documentar las novelas que prepara, viajó por  Argelia, Egipto, París, Miami, Cuba, y también a Valencia, Madrid, Teruel y otros puntos de España. En 2003 Cultura/s publicó el foto-poema Los elegidos para ser felices, exhibidó en 2000 en la galería H20 junto con la foto-novela: Est-ce que la vie est un roman? Algunas de sus traducciones son La democracia asesinada (2001),de  J. P. Berdah , Las ambiciones de la Historia (2001), de Fernand  Braudel,  El asesinato de Lumumba (2002), de Ludo de Witte, Arquitecturas, ciudades, visiones (2007), de Gabriele Basilico, entre otros títulos.

Los dueños del idioma, un rapto, 
una intemperie

Formo parte de la lista de personas que han ido abandonado ACETT, disgustada por su política de tolerar la indefensión de todo aquel que tiene algún problema relacionado con la Ley de Propiedad Intelectual, un desencuentro contractual con editores o sufre abuso de posición de editores de mesa o de traductores que usan malas artes para hacerse con la exclusiva de un escritor. Ya desde fuera de la asociación y viendo confirmado mi juicio sobre el grupo, he criticado con dureza su política frente a la bajada de tarifas impuestas por grandes grupos editoriales. En resumen, es una de esas siglas que eludo así la veo aparecer al lado de cualquier noticia o fotografía. Me produce no escepticismo sino aborrecimiento por el recuerdo de la impotencia sufrida, lo cual no impide que varios de sus miembros merezcan mi respeto como excelentes traductores que son y buenos compañeros. Es el caso de Teresa Gallego Urrutia, muy activa en dignificar la profesión de traductor en España, además de muy generosa con sus conocimientos, hecho verificable dentro de la lista de la asociación y en privado.

Como la asociación francesa, ACETT aloja a traductores profesionales allá donde la asociación argentina exige una titulación específica. Sin embargo, ni mi recuerdo de ACETT ni mi opinión sobre el nivel de las discusiones y comentarios dentro de la lista de correos son halagüeños para sus componentes, ni soy aficionada a las listas, así que la ya famosa de “traducciones canónicas” que aquí se comenta me supo a nada. A la intrascendencia deliberada habitual. Al cadáver en el armario. El debate, por otro lado, me pareció un pretexto para activar un rencor contra España que a mi juicio está desplazado del que debiera ser un objetivo más certero.

Dejando al margen algunas afirmaciones que han hecho los colegas que me han precedido, entiendo que uno de los errores es mezclar tiempos. Se reivindican los nombres de Cortázar y de Borges pasando por alto que eran coetáneos de escritores e intelectuales españoles asimismo exigentes con su tarea literaria y que el sentido y el peso mismo de la literatura y de la cultura eran muy diferentes del que hoy tienen.  Hoy no creo que se publicara El erotismo (de Georges Bataille) porque los conceptos de “sagrado” y de “transgresión” parecen desvanecidos pero también, sobre todo, el vínculo entre un deseo profundo, poco transparente, y la actividad creativa. En España, la literatura se ha hecho comercio y comercio de nombres propios. Por usar un término psicoanalítico, es como si el “ello” hubiese sido asesinado e instalado en su lugar su simulacro, suplantado por un superyó que se despliega en ese apetito de posiciones de relieve, de ventas y de galardones. No hay alegría ni transgresión, no hay ruptura ni horizonte de ruptura, todo está mediatizado por la marca: de la editorial, del periódico que promociona, del escritor.

Incluso cuando se presenta a tal o cual escritor como figura contracorriente, como gurú lúcido, no es más que otra mercancía para saciar el apetito de exquisiteces de un sector del mercado. No hay ni que decir que la capacidad transgresora del “disidente” está por completo neutralizada por esa función. Darío Jaramillo ofrecía una lista de dueños del idioma. Me resultó conmovedora como una película antigua porque los reales dueños del español son actualmente los directivos de las grandes corporaciones editoriales, en cuya “cumbre” figuran personas sin un átomo de talento literario.

Aquí se ha afirmado que algunos traductores argentinos lograron romper barreras y establecerse profesionalmente en España: me parece una generalización abusiva, pues probablemente lo hicieron antes de la eclosión del sector editorial como industria en pos del máximo beneficio. Pudieron instalarse cuando no había la competencia feroz actual entre profesionales y cuando un elevado nivel de cultura era un valor en sí mismo y la traducción una tarea casi artesanal. No rompieron barreras: crearon un lugar de la nada, a la par que los traductores españoles de esa época. Asegurar que las traducciones españolas son malísimas es otra hipérbole compensatoria, comprensible, por la autoestima herida del traductor latinoamericano canónico. He reescrito suficientes traducciones salidas de manos de argentinos como para asegurar que en todos lados cuecen habas (no conozco la versión americana de este dicho).

Con todo, el problema sigue estando en otros puntos. Se habla de “España” cuando hay dos “frentes” editoriales que funcionan de modo diferente en lo que hace al idioma. El español que se habla en Cataluña está bastante degradado y no podemos fijarnos únicamente en los grandes títulos para determinar la calidad del nivel de traducción de una zona. Es habitual, por no decir la norma, que sean catalanoparlantes lo que estén al mando de los departamentos de edición y me he encontrado más de una vez con que se me pide que rebaje el nivel para adaptarlo a un público distinto de aquel al que el autor del original se dirigía. Percibo una distancia que me violenta y ofende cuando mi editor es alguien que no tiene el español como lengua materna, por no hablar de lo insultante que resulta la convicción, muy extendida aquí, de que un castellanoparlante es socialmente inferior al catalán. Y las consecuencias que se derivan de dicha convicción en términos de desarrollo profesional. He reescrito libros enteros de figuras mediáticas a precio de derribo porque los profesores de mi facultad o los editores y directores de revistas que explotaron mi trabajo han preferido siempre promocionar a catalanes de esa burguesía ilustrada tan típica de Barcelona –no sé si también de Madrid-- que cree ser progresista mientras desarrolla una actividad cultural reaccionaria, de buen tono, historicista, clasista, misógina, antimoderna.

No creo que deba hablarse de “imperialismo” sino de ignorancia o de mala fe. De un lado, existiría la convicción de que España y los países latinoamericanos son independientes y tienen las mismas armas para defender sus mercados –lo cual no es cierto en lo que se refiere a la capacidad invasora de los productos de las grandes corporaciones editoriales y de las dos o tres grandes independientes españolas que puedan quedar, pero esto se compensa con el mayor prestigio del que gozan los escritores latinoamericanos. Basta con seguir el listado de autores premiados por editoriales como Anagrama o Seix Barral y el tratamiento que se les da en prensa para verificar mis palabras.  Obsérvese el lugar y prestigio otorgados a Aira, Piglia, Pron, Fresán, Pauls y Villoro, nombres habituales en España.

El problema principal a mi entender está en los cambios que se produjeron en los años ochenta y noventa en España. Por eso la Barcelona de los 70 es ya solo quimera. Cada vez que se ha pretendido modernizar la cultura se optó por mirar a Estados Unidos y se copiaron sus maneras publicitarias cuando la península debería plantearse un enfoque emancipatorio de nuestros conflictos políticos y culturales, incluido de los que mantenemos con toda América, desde la perspectiva que ofrecen los estudios poscoloniales, que plantean conceptos muy estimulantes. La actividad teórica actual en dos de las grandes zonas poscoloniales, África y el Caribe, son para mí un ejemplo. En los noventa se produjo en España una eclosión de nuevos escritores, que se dio en calificar de “light”; fue una decisión de editores, que en definitiva son quienes eligen qué publican y cómo modelar ideológicamente el mercado. Lo digo desde mi experiencia y como mujer: se promocionó una infantilización de los argumentos, proliferaron como setas escritoras treintañeras y personajes que parecían haberse quedado en la fase anal, para estupor de quienes teníamos otra formación e influencias diferentes del gore o el grunge anglosajón. Decía Walter Benjamin que la moda es una eterna repetición de lo nuevo y que además garantiza que nada cambie en las relaciones sociales. Ese ha sido, según observo, el “proyecto cultural” que ha quedado establecido. En España no hay debate auténtico ni polémica: es teatro; se ha instalado una jerarquización radical que ha provocado una subproletarización infamante de un porcentaje nada desdeñable de los actores de la cultura mientras se publicitan hasta la náusea una pequeña porción de nombres, instalados en la rueda de los prestigios en los años ochenta y noventa, cuando llegó el dinero de Europa que acalló a las elites antaño radicales instalándolas en universidades, organismos de prestigio, periódicos, etc., y que dieron por bueno lo ocurrido porque les benefició.

En España hay grupos editoriales que favorecen el plagio, que premian libros escritos por un grupo de profesionales para provocar algún revuelo mediático, hay editores y agentes literarios que chanchullean con el ministerio de Cultura (o el nombre que actualmente ostente) por ciertos beneficios exclusivamente comerciales, hay agentes editoriales que persiguen repetir el pelotazo editorial equivalente al último de Estados Unidos y sacrifican a escritores literarios, hay escasez de becas para la creación, hay críticos que son, estrictamente hablando, publicistas de sus intereses y de los de sus amigos y que no tienen un solo volumen publicado de teoría crítica –las recopilaciones de reseñas no son teoría literaria—, pero sí poder para hundir carreras y reputaciones; el acoso sexual y la difamación pasan impunemente como males menores o necesarios dentro de una carrera profesional porque en conjunto hoy pervive el sálvese quien pueda y lo mal que esté el otro deja hueco al que quiera instalarse. Por eso, una lista estrambótica como la publicada por El País me parece el síntoma de un problema mayor, estrictamente español, y que ese problema, de numerosas facetas, es el que no se quiere abordar y, sobre todo, no quieren abordar los traductores ni los escritores e intelectuales españoles.


martes, 14 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (12) y (13)

Despacio, sin estridencias, discretamente y con un tesón extraordinario, la poeta y traductora Silvia Camerotto (Lomas de Zamora, Pcia. de Buenos Aires, 1959), tanto por el alcance de sus elecciones como por la calidad de sus versiones, se ha ido convirtiendo en una de las más consecuentes traductoras de poesía de la Argentina. Tanto en su blog De Sibilas y Pitias (http://desibilasypitias.blogspot.com.ar/) como en su reciente sitio web (https://caligrama59.wixsite.com/silviacamerotto) ha ido publicando sus versiones de Emily Dickinson, Christina Georgina Rossetti, Robert Browning, Edna St. Vincent Millay, Ezra Pound, T. S. Eliot, Edwin Arlington Robinson, Carl Sandburg, D. H. Lawrence, William Carlos Williams (de quien prepara una edición de Paterson), Wallace Stevens, Amy Lowell,  Basil Bunting, Charles Causley, Dylan Thomas, Elizabeth Bishop, Sylvia Plath, Adrienne Rich, Raymond Carver, Audre Lorde, Edwin Brock, Charles Wright, Billy Collins, Anne Carson, William Wadsworth, Jude Nutter, Ron Padgett, Sam Shepard, Mark Strand, Tiffany Atkinson y, muchos más (la lista es realmente asombrosa), dando a conocer nuevas versiones de poemas ya traducidos así como poemas nunca antes vertidos al castellano. Su última libro de poemas publicado es La Grosse Fuge (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2012). 

Nec spe nec metu

¿Es España acaso ruta y destino del español? No. Pero ella se ve a sí misma como la única y verdadera manifestación del activo cultural hispanohablante. Cualquier iniciativa de promoción y difusión es avara y centralizadora. Un hecho de usura que deriva del miedo.

Han publicado una lista en la que la traducción no es patente de todos los hispanohablantes. Una lista que defrauda los intereses verdaderos de la lengua y de los usos de la lengua. Que defrauda, no por menos, al genio creador latinoamericano, que impulsa –sobre todo y más que ninguna otra cosa- la discriminación lingüística.

No resulta inaudito que España ejerza su latrocinio o monopolio, ni que desconozca olímpicamente los factores de riqueza intelectual que aportan todos y cada uno de los hablantes y de las comunidades que hablan el español lejos de la ex madre patria. Tampoco es inaudito que ignore adrede el trabajo de los traductores no españoles.

La manipulación tiene un valor económico que pareciera reportar beneficios a los únicos y aparentes dueños del idioma: los españoles de España.

Ni listas como esta, ni el hecho de que editoriales como Cátedra manejen los derechos exclusivos de publicación en español en Argentina y quizá en otros países hispanohablantes son novedad. Lo peor es la complicidad entre España y los otros monopolios que le ceden los derechos.

El canon referido no es nada más soberbia, sino también temor a enfrentar las amenazas de otras áreas lingüísticas.

¿De qué temor hablamos? Del temor a ser superados y sobrepasados. De temor a la pérdida de la hegemonía apostando a una política unificadora, pero con el pie encima. Una política que ejerce lo peor de la globalización. Una bajeza, en fin.

Y lo hacen, como diría Pound “sin dignidad, ni tragedia […] obstructores del conocimiento, obstructores de la distribución”.


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Traductor de Andréiev, Afanásiev, Bulgákov, Chejov, Dostoievski, Tólstoi, Turguéniev, Vigotski, Zamiatín, Lenin y Trotski, entre otros autores, Alejandro González (Buenos Aires, 1973) ganó en 2014 el 1er. Premio en el II Premio Internacional de Traducción Read Russia, Instituto de Traducción de Rusia, por El doble. Dos versiones: 1846 y 1866, de Fiódor Dostoievski. Licenciado en Sociología (UBA), realizó estudios de posgrado en la Facultad de Filología de la Universidad de Petrozavodsk, Rusia. Eslavista, investigador y traductor científico-literario, actualmente enseña en la Universidad Nacional de San Martín, donde forma parte del programa Lectura Mundi.

h) incluidas en esta clasificación

Hace años que dejé de creer en todo listado no ligado directamente a una necesidad específica (productos a comprar en el supermercado, documentos a reunir para un trámite burocrático,medicamentos a adquirir en una farmacia, objetos a llevar/traer en un viaje) y de admirar boba y culposamente las infatigables listas de libros, películas, discos, destinos turísticos, automóviles, mujeres más hermosas de Hollywood y frutas y verduras que sí y casi siempre no he leído, visto, escuchado, visitado, conducido, amado, probado ni jamás haré.

Acaso por eso la lista que nos llega desde ACEtt no me inquieta. En lo personal, no oigo tambores de guerra tras esa abúlica iniciativa de un periódico que, como tal, debe llenar espacios a como dé lugar para sus en muchos casos abúlicos lectores.

Dicho esto, no deja de entristecerme el empobrecedor provincialismo que ha guiado la selección y la falta de voluntad de trascender lo español a la hora de pensar el patrimonio cultural en lengua castellana.

Por lo que hace al listado (a todo listado) y los criterios de clasificación, no me queda sino remitir a los lectores al idioma analítico de John Wilkins e invitara los colegas a reflexionar si no convendría ir desechando esa práctica tan darwinista, autocomplaciente e innecesaria.