martes, 20 de febrero de 2018

"Cambiemos-Pro no se lleva bien con la cultura"

“Los Premios Nacionales no fueron convocados desde la asunción de Macri, aunque el ministro de Cultura Pablo Avelluto ‘calcula’ que se anunciarán en la próxima Feria del Libro. Los Municipales llevan dos bienios sin fallos, pese a que se presentan las obras.” Así es la bajada del artículo que el 11 de enero pasado publicó Silvina Friera en el diario Página 12.

Cuando el estímulo a la creación 
deja de ser prioridad

En el engranaje kafkiano de Cambiemos siempre falta algo. Puede ser un papelito, una firma, o una revisión que se extiende por dos años y genera el temor de que los “desdibujados” Premios Nacionales –calificación de Enrique Avogadro cuando todavía no era ministro de Cultura de la Ciudad– estén más cerca de la suspensión definitiva que de su regreso. Los estímulos a la creación, los subsidios a los artistas –escritores, músicos, teatristas, artistas plásticos– están en la antípodas del “emprendedurismo” que propicia el gobierno. Hace dos años que no se convocan los Premios Nacionales; la última vez que se entregaron fue en diciembre de 2015, cuando la ministra de Cultura era Teresa Parodi. Entonces los primeros premios –Jorge Aulicino en poesía y Pilar Calveiro en ensayo político, entre otros– recibieron 50.000 pesos en efectivo y una pensión vitalicia al momento de jubilarse. El segundo premio obtuvo 30.000 pesos y el tercero, 17.000 pesos. Aunque se convocan y se presentan las obras, hace dos bienios que no se fallan los Premios Municipales. El ministro de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, “calcula” que se anunciará la convocatoria de los PN para la Feria del Libro, “con una modalidad nueva, con una simplificación de las categorías que las estamos terminando de definir”.

Una forma absurda de ahorrar
El anuncio, sin demasiadas precisiones, no tranquiliza a los escritores y artistas afectados por estas dilaciones. ¿Por qué no se convocaron los Premios Nacionales durante dos años? ¿Por qué si se convocan los Premios Municipales no se fallan? “En el mejor de los casos, los premios se postergan porque se considera que no son una prioridad, como si se tratara de un lujo, cuando en realidad la erogación es insignificante dentro de los presupuestos nacionales y municipales –responde Tamara Kamenszain, Premio Municipal en 1999 en la categoría ensayo con La edad de la poesía–. En el peor de los casos, directamente se los ignora y se considera que no son un asunto de Estado y no se entiende para qué existen”. 

Ana María Shua dice que es una forma “un poco absurda” de ahorrarle dinero al Estado. “No hay que pagar a los jurados, no hay que pagar los premios, no hay que pagar los subsidios. Digo absurda porque los premiados son poquísimos, un minúsculo grupo de personas. Lo paradójico es que los Premios Nacionales en Plástica se han seguido entregando, a través del Palais de Glace. De todos modos, acaba de informar el ministro de Cultura que se anunciarían los nuevos Premios Nacionales en la Feria del Libro, con algunos cambios. Veremos cuáles son esos cambios. Los escritores tememos una reducción de los subsidios, que consisten en cinco jubilaciones mínimas a partir de los 60 años. Y qué, recordémoslo una vez más, se entregan a poquísimas personas: es un premio y no una jubilación de privilegio”, aclara Shua, ganadora de los dos premios.

Selva Almada precisa que el premio Municipal se viene convocando cada dos años puntualmente, pero hace dos bienios que no se falla. “Según nos explicó Daniel Couto, el funcionario a cargo, el presupuesto está desactualizado tanto para el premio en sí como para los jurados. De todos modos, el material fue recibido y allí está, en la dulce espera”, advierte Almada, integrante de la Unión de Escritoras y Escritores. “La jubilación que se otorga cuando los premiados alcanzan la edad jubilatoria es una ayuda económica muy importante para un oficio la mayoría de las veces mal pago –cuando se paga; hay una idea de que el trabajo del escritor no es un trabajo si no un lujo que nos damos unos pocos–, que se ejerce de manera informal, sacándole tiempo a trabajos formales. Pienso en (Alberto) Laiseca, a un año de su muerte: uno de los escritores más importantes de nuestro país tuvo que hacer malabares para poder pagar sus cuentas los últimos años de su vida. Muchos escritores y escritoras llegan a esa situación en la vejez y la posibilidad del Premio Nacional se presenta como una gran ayuda”, reconoce la autora de El viento que arrasa.

Mala costumbre
Desde Artistas Premiados Argentinos (APA), institución que nuclea a los ganadores de los Premios Municipales, su presidenta Nydia Sroulevich señala que la falta de convocatoria en término para los premios Municipales y Nacionales es una “mala costumbre” que perdura en el tiempo. “El hecho de dilatar las convocatorias, y a veces aunque estén convocados los concursos, no convalidar los resultados obtenidos a través de los jurados, hace que pasen largos períodos sin que se concrete el resultado de los mismos. No se abonan los premios ni, en caso que corresponda, los subsidios y no se pagan los honorarios de los jurados. En el caso de los primeros premios tanto municipales como los nacionales reciben un subsidio mensual vitalicio. Hubo períodos acumulados de hasta ocho bienios sin que se regularizaran. Entiendo que el motivo es la reasignación de las partidas que se destinan a esos rubros”, comenta Sroulevich.

“Si convenimos que la cultura para un país no es lujo sino una producción más que lo posiciona ante el resto de las naciones, incluso económicamente, las consecuencias de postergar los premios son graves”, subraya Kamenszain. “Cuando en la crisis de 2001 los premios Nacionales se suspendieron por unos años, quedaron en la estratósfera cientos de libros perdidos que no tuvieron la oportunidad de concursar. Le propongo a Marta Minujín que haga con esos libros otro Partenón, ya que haberles quitado la posibilidad de concursar puede entenderse como otro modo de censura”, agrega la poeta. Shua recuerda que los premios Municipales están sostenidos por una ley de la legislatura de la ciudad. “Tarde o temprano tendrán que darlos, porque la ley no se puede modificar retroactivamente. En cambio, no hay una ley de Premios Nacionales, con lo que no se trata de un atraso sino de una suspensión por tiempo indefinido –compara la autora de Los amores de Laurita–. La gente que produjo sus obras en esos años puede quedar en situación de no poder presentarlos nunca, como le pasó a muchísimos escritores durante los casi diez años a partir de la crisis del 2001. Quizás en el momento en que produjeron sus mejores obras, no pudieron presentarlas. Para muchos escritores, sobre todo para los que escriben una literatura prestigiosa pero poco comercial, ganar un premio con subsidio es, simplemente, la posibilidad de una supervivencia digna. La mayor parte de la gente no sabe que a los escritores nos toca solamente el 10 por ciento de lo que se paga por un libro”.

Sroulevich sostiene que los concursos son un medio para difundir la obra de los creadores. “El Estado debe mantener una política cultural de apoyo a toda manifestación artística, una decisión pública destinada a que el artista que ha demostrado sus talentos no resigne, por necesidad, su actividad creadora en beneficio de la comunidad a la que pertenece. Un Estado sabio valora el concepto de riesgo artístico, acepta la posibilidad de descubrir y apoyar nuevos talentos, y la necesidad de proporcionar una enseñanza artística de alta calidad. También acepta la posibilidad de premiar a sus artistas y a sus obras, y debe velar por el cumplimiento de la legislación vigente en materia de estímulos y premios a la creación”.

El imprudente
Desde el 24 de marzo de 2017, muchos escritores están molestos con lo que declaró el actual ministro de Cultura de la Ciudad, Enrique Avogadro, entonces secretario de Cultura y Creatividad del ministerio de Cultura de la Nación. “En el escenario actual hay otros premios, como los del Fondo Nacional de las Artes o los de la Fundación Konex, con lo cual los nacionales quedan un poco desdibujados”, dijo al diario La Nación. PáginaI12 intentó comunicarse con Avogadro y desde el área de comunicación del ministerio de Cultura de la ciudad aseguraron que consideran “imprudente” que el ministro hable cuando lleva unas dos semanas hábiles al frente del ministerio. Almada dice que no entiende que le resulte “desdibujado” el premio Nacional frente a otros premios que nombra y que son del ámbito privado, como los Konex. “Creo que sí habría que lograr que el premio nacional se convierta en ley: eso aseguraría su continuidad más allá de los gobiernos y de las políticas culturales de turno”, propone Almada. “Me resulta incomprensible lo que quiso decir Avogadro”, admite Shua. “No, desdibujados, en este caso, significa ‘poco importantes’. El Premio de la Fundación Konex es un premio maravilloso para la Fundación Konex, prestigia y aporta a la Fundación Konex. A los premiados no se les da nada. Prensa y prestigio, pero ni un centavo. Yo recibí con mucha alegría y emoción el Konex de Platino, pero en el mismo acto tuve que pagar a la Fundación Konex por una botella de agua. Los premios del Fondo Nacional de las Artes son extraordinarios, sirven para descubrir nuevos talentos, son premios honestos, valiosos, importantes y hay que defenderlos a toda costa. Pero, salvo en el caso de los poetas, no son para premiar autores de trayectoria, sino para gente joven que quiere empezar a publicar”. Para Kamenszain, “la afirmación del ministro muestra no tanto un desinterés o un intento de dilación sino una verdadera ignorancia”. “¿Qué tendrán que ver los premios Konex, que no suponen ninguna erogación económica sino que son un estímulo simbólico, con los Nacionales? Sin desmerecer a los Konex en lo más mínimo, es como decir que el valor de consignar en un currículum vitae que se presenta al exterior que uno tiene un premio Nacional de un país o consignar que fue merecedor de un Konex es lo mismo, cuando en realidad el Konex es un premio que en el exterior no es significativo y tampoco pretende serlo. Los premios Nacionales de Literatura y Arte se dan en la mayor parte de los países del mundo y no necesitan traducción ni explicación; son un pasaporte contundente y universal”.

Vueltas y cálculos
El ministro de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, intenta justificar la demora de dos años para convocar los Premios Nacionales. “La sensación que teníamos es que debíamos revisar los premios porque había un montón de subcategorías en ensayo, filosófico, político, psicológico... Pero también queríamos discutir el modelo de los premios en relación con la pensión no contributiva que reciben los ganadores. Cuando uno estudia la historia de los Premios Nacionales, tiene que ver más con el apoyo a los creadores en su vejez. ¿Alcanza una obra para otorgar un Premio Nacional que implica una jubilación en el futuro para su autor? Me parece que es un tema que requiere una cierta reflexión. Estuvimos dando vueltas, discutiendo; primero el tema lo tuvo Enrique (Avogadro) y después lo tomé yo. Calculo que para la Feria del Libro los vamos a estar convocando para este año”, anuncia Avelluto.

–¿Por qué no se convocan los premios que están atrasados: 2016 y 2017?
–Cuando no hubo premios, no se convocó para atrás, hubo muchos años en los que no hubo premios y hubo muchos cambios de categorías a lo largo de la historia. No hay una obligación legal de llamar a los Premios Nacionales todos los años. Sí está reglamentado el tema de las pensiones que reciben los ganadores, pero no la obligatoriedad del llamado. No es que nosotros adeudamos premios de dos años. Eso no es así. Vamos a llamar a este año, seguramente con una modalidad nueva, con una simplificación de las categorías, que las estamos terminando de definir, para que sean convocados y otorgados en el transcurso de este año. Y así después todos los años.

–¿Cuál será el monto de los premios?
–Va a ser mayor del que había, pero todavía no lo podemos definir. Vamos a destinar una inversión para la organización, los premios y los jurados, de alrededor de 5.000.000 de pesos para este año, que es mucho más de lo que se había destinado en la última entrega.

Alpargatas y libros
Cambiemos-Pro no se lleva bien con la “cosa pública”, y prefiere que muchas funciones y acciones que son competencia del Estado queden en manos de los privados. ¿Cómo afecta esto a las escritoras y escritores? “Para mí, no tiene nada de malo que se busque la colaboración entre los privados y el Estado. Al contrario, es una muy buena tendencia, que las mejores democracias del bienestar llevan adelante. Habría que seguir estimulando el mecenazgo, por ejemplo”, sugiere Shua. “Yo diría que Cambiemos-Pro no se lleva bien con la cultura. Es curioso, la Cultura –o Kultura, como diría Cortázar–, que antes estaba en manos de las capas más altas de la sociedad, ahora ha quedado del lado del peronismo –plantea la escritora que ganó el Premio Nacional con el libro de cuentos Fenómenos de circo–. En ese sentido, creo que se ha producido una degradación de nuestra clase alta, que ahora parece tener más dinero que nunca pero mucho menos interés en la cultura. ¿Serán todos parvenues? Una parte muy importante de los intelectuales de nuestro país hoy son peronistas. Alpargatas sí y libros también.”


lunes, 19 de febrero de 2018

Nuevos autores entran en el dominio público



“Los libros de Carson McCullers, Dorothy Parker, H.P. Lovecraft, Edith Wharton y Aleister Crowley pueden ser impresos sin pagar derechos. La propiedad intelectual en la Argentina tiene vigencia por 70 años desde el año siguiente a la muerte del autor.” De esto que dice la bajada trata la nota publicada por Silvina Friera, el 10 de enero pasado, en el diario Página 12.

Los límites del copyright

La ceremonia se repite, sólo cambian los protagonistas. Todos los 1º de enero las obras de distintos escritores pasan a dominio público, esa especie de “shock póstumo” por tiempo ilimitado que permite que una constelación textual ecléctica esté disponible sin pagar derechos. La ley de derechos de autor, que establece cuándo expira el copyright de un creador, varía entre los 50 y los 80 años, dependiendo del país y la fecha en la que haya muerto el titular de los derechos. La propiedad intelectual en la Argentina tiene vigencia por 70 años a partir del 1º de enero del año siguiente a la muerte del autor, según dispone el artículo quinto de la ley 11.723. Los editores, lectores y usuarios pueden editar, subir y compartir El corazón es un cazador solitario, Frankie y la boda y La balada del café triste de la escritora estadounidense Carson McCullers (1917-1967), cuya obra está en dominio público desde que comenzó 2018, junto con los libros de Dorothy Parker (1917-1967). H.P. Lovecraft (1890-1937) pasa a dominio público sólo en España –como murió antes de 1987, se rige por la anterior ley que establecía un plazo de 80 años–; también Edith Wharton (1862-1937), la primera autora que ganó un Premio Pulitzer, y el británico Aleister Crowley (1875-1947), escritor, pornógrafo, místico y “mago negro”.

El Convenio de Berna estipula que los derechos caducan 50 años después de la muerte del escritor, como sucede en Uruguay, Canadá, Panamá, Filipinas, El Salvador y República Dominicana y Cuba. En el caso de España, mantuvo la Ley de Propiedad Intelectual de 1879, que fijaba el plazo en 80 años, hasta 1987, cuando la modificó para equiparar a la mayoría de los países. Los escritores que murieron antes del 7 de diciembre de 1987 se rigen por la anterior ley, que protegía los derechos de autor hasta 80 años después de su muerte. Conviene recordar que, aunque la obra de un autor entre en dominio público, las traducciones son consideradas como una obra propia y dependen del traductor. Las viejas traducciones de los años ‘40, ‘50 y en adelante siguen protegidas. Pero nada impide que se puedan multiplicar nuevas traducciones de McCullers, Parker, Wharton, Lovecraft y Crowley. El año pasado habían ingresado al dominio público las obras de la estadounidense Gertrude Stein, del británico H.G. Wells y de los españoles Federico García Lorca, Ramón María del Valle-Inclán y Miguel de Unamuno.

“El mundo visible es un milagro cotidiano para quienes tienen ojos y oídos”. Esta especie de credo fue uno de los legados de Wharton, la autora de La edad de la inocencia (1920), su novela más conocida, con la que ganó el Premio Pulitzer en 1921. El eco de una conmovedora belleza emerge con una potencia volcánica en un mundo demasiado violento. McCullers puso su mirada –y su oído– al servicio de los frágiles, los desesperados, los rechazados, los deformes, los mudos, los “raros”, esas criaturas que casi nunca son observadas ni escuchadas, para aproximar el desamparo vital de sus personajes desde una escritura envolvente, como un hechizo del que no se puede ni se quiere escapar. Parker, que se proclamó socialista hasta que murió, es una de las escritoras más mordaces de short stories de Estados Unidos. En cualquiera de sus relatos de mediados de los años ‘20 despliega la máxima agudeza y síntesis para mostrar a una sociedad ambigua que intenta recomponerse como puede después de la Primera Guerra Mundial. Además de unos relatos formidables, Parker escribió poesía, comedias y el guión de una película.

Lovecraft es uno de los autores más influyentes de la literatura fantástica del siglo XX. En la nouvelle La llamada de Cthulhu comienza la saga de los Mitos de Cthulhu, tal vez su propuesta más original, donde delineó una fantástica cosmogonía paranoide. Casi nadie pudo escapar a la seducción que supo ejercer. Desde Fernando Pessoa, pasando por Rainer Maria Rilke, Xul Solar, los Beatles y hasta Marilyn Manson, todos se encandilaron con Crowley, llamado por su propia familia y la prensa británica “La Bestia del Apocalipsis”. El escritor británico fue conocido por sus escritos sobre magia, especialmente por El libro de la ley, aunque también escribió ficción y poesía. Prohibido, venerado, odiado y reverenciado en todo el mundo, Crowley encabeza las curiosidades que alienta el dominio público.


viernes, 16 de febrero de 2018

Cuando los clásicos huelen a estafa

En la cadena de  Yenny-El Ateneo y en la cadena Cúspide, del Grupo Clarín –que son a las librerías lo que MacDonalds a los restaurantes– pueden verse los libros que ilustran esta entrada.

Se trata de obras escogidas de autores clásicos, todos muertos hace más de setenta años, por lo que para publicarlos no hay que pagar derechos de autor. Son de Edimat Libros, casa española, fundada en 1991, "como continuación del negocio familiar que don Augusto Mateos López inició hace más de cincuenta años en la calle General Álvarez de Castro, 14, sita en Madrid, España", según se lee en la presentación que la editorial hace de sí misma en su sitio web (http://www.edimat.es/sobre_nosotros.php).

Siempre según la publicidad, "en estos casi veinticinco años, Edimat Libros ha publicado más de cuatro millones de ejemplares de un fondo de aproximadamente tres mil títulos, estando presentes tanto en España como en todos los países de Latinoamérica y en Estados Unidos. Para ello cuenta con una activa red de distribuidores nacionales en los diferentes países o bien mediante relación directa desde la central de Madrid, España, con los clientes finales (librerías, grandes cadenas, etc.)".

No es todo. El texto continúa así: "Desde su inicio, la meta que Edimat Libros se propuso fue crear colecciones populares en las que tuviesen cabida los temas más variados: los clásicos universales de la literatura, donde la narrativa, el teatro, la poesía, la filosofía y el ensayo nos acerquen  a sus autores. En ellos podemos encontrar desde los clásicos Homero y Virgilio hasta autores de nuestros días como Federico García Lorca. Los libros ilustrados de las más diversas materias: enciclopedias de automóviles, barcos, motocicletas, pistolas, de animales, todos ellos con magníficas ilustraciones y fotografías a todo color". 

Si el lector no vomitó hasta ahora, puede hacerlo cuando, después de hojear la página de los créditos de las obras traducidas que publica Edimat Libros se tope con la siguiente leyenda sobre la traducción: "Realizada o adquirida por equipo editorial". 


El detalle en cuestión es que en ninguna parte se menciona quiénes forman parte del "equipo editorial", lo que permite sospechar que se trata de una traducción "fusilada"; vale decir,  copiada de una fuente que se nos oculta deliberadamente, o levemente adaptada a partir de otras traducciones  que existen en el mercado, cuidando de cambiar aquí o allá alguna palabra para evitar demandas judiciales. La práctica no es nueva, pero sí deshonesta, y condena a los traductores al más absoluto anonimato... para no decir que es una manera de publicar el trabajo ajeno sin pagarlo.

Lo que sí consta es el nombre de Francisco Caudet Yarza (foto), pintoresco autor de la introducción de las antologías de Flaubert, Jack London, Lewis Carroll, Tolstoi y todos los demás.

Puesto a buscar en Internet, uno descubre que Francisco Caudet Yarza (Barcelona, 1939) "ya en la infancia manifiesta su inclinación hacia la literatura y se apasiona con la lectura de clásicos franceses y rusos (Dumas, Tolstoi, Verne), autores que simultánea con los españoles de la novela de kiosco como Mallorquí, Donald Curtins, Mark Halloran y otros, en especial Guillermo López Hipkiss con el que se identifica de tal modo que, pasado el tiempo y siendo ya un profesional de la novela popular, reconoce que él ha sido el auténtico detonante de su vocación literaria". 

Cuando uno piensa que ya leyó mucho disparate todo junto se sorprende al enterarse de que hay más: Caudet Yarza "debuta en 1965 en el mundo de los 'bolsilibros' con la madrileña Editorial Rollán que le publica su primer original en la legendaria serie FBI, con el título de Enigma. Dos años después, la barcelonesa Bruguera le ofrece un contrato de colaboración en exclusiva para novelas de bolsillo, empresa que comercializa durante años sus originales que  rozan los cuatrocientos títulos y que firma con el más conocido de sus seudónimos: Frank Caudett. Con el devenir del tiempo incursiona en otros ámbitos literarios y publica con diferentes editoras, entre ellas Edimat, Libsa, Planeta, Ediciones Obelisco, etc. Algunas de sus obras más significadas son Al correr del tiempo..., Generaciones castradas, Historia Política de Cataluña 1880-1936, Las profecías de Nostradamus, Franco: resumen biográfico y es autor, junto con su esposa, la documentalista María José Llorens, del primero libro sobre la Ouija que se publica en la España de la transición. Desde varios años colabora con un holding editorial sudamericano". 

Para quien desee enterarse, Caudet Yarza, alias Frank Caudett, es también Frankie Cauyarz, Kyle Brown, Michael Bannister, Montana Blake, Ariel Sinclair y Winston McNeil. En una de ésas, en sus ratos libres también puede que sea Mariano Rajoy.

Ahora bien, todo esto sería simplemente grotesco si no contribuyera a la deshonestidad de los responsables de estos engendros. En todo el mundo existen ejemplos de ediciones populares honestas, prologadas por especialistas y con el debido crédito dado sus traductores. Pero aquí todo suena a estafa: libros prologados por una misma persona que tanto puede ocuparse de Flaubert como de Nostradamus y Franco (para no hablar de los "galanes míticos del cine", de "los mejores refranes", de las "leyendas de Japón", etc., etc., etc.), en ediciones en las que no se consigna traductor ni el nombre del "equipo editorial", expuestas en los supermercados de libros como ristras de chorizos a precios falsamente bajos porque, de hecho, comprar una buena traducción no cuesta mucho más que los A$R 349 (unos € 17) que valen en las cadenas .

En síntesis, una porquería por donde se lo vea. Y ojalá todo esto no perturbe la ilustre memoria de don Augusto Mateo López, que en paz descanse ya sea que esté vivo o muerto.



jueves, 15 de febrero de 2018

Una "nuez" donde debería haber una "avellana"

El 19 de noviembre del año que pasó, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán publicó en el diario La Tercera, de Chile, una entrevista con la escritora estadounidense Lydia Davis, también traductora de una de las más celebradas versiones de Madame Bovary al inglés.

Lydia Davis, traductora

En el mundo hispanoamericano Lydia Davis es conocida sobre todo como una cuentista excepcional que ha renovado las formas del género y una estilista admirable. No se sabe mucho del hecho de que es también una traductora de peso que ha llevado al inglés la obra de Blanchot y las cumbres de Flaubert (Madame Bovary) y Proust (el primer volumen de En busca del tiempo perdido). La semana pasada estuvo de visita en Cornell, para hablar de traducción y de los múltiples problemas técnicos asociados a esta.

Delgada y de gafas, Davis parece más una académica jubilada que una escritora. Apenas se pone a hablar, uno descubre que no está tan errado: su obsesivo interés en la traducción une la pasión por el lenguaje con el trabajo riguroso del filólogo. A los 20 años ella ya hablaba seis idiomas; hoy, con 70, se ha puesto a aprender el occitano y también traduce para The Paris Review textos de autores holandeses (A. L. Snijders) y suizos (Peter Bichsel) que le interesan particularmente. Para traducir Madame Bovary leyó trece de las veintidós traducciones al inglés que existen (“lo bueno de traducir una novela como esa es que así puedes escribir un clásico”). Después de que se publicara su traducción de Proust, hizo 1500 correcciones para la edición de bolsillo y 800 más para una edición inglesa. Publicar un libro no la detiene: hace poco revisó una reciente y muy celebrada traducción de Madame Bovary, la de Adam Thorpe, para ver en qué había mejorado él la de ella (“no quiero sonar muy posesiva”).

Traducir es para Davis desaparecer en el estilo de un autor y regresar con una sensibilidad alterada por la visita: no se sale indemne de Flaubert o Proust. Davis respeta incluso los errores en el texto (hay un momento en Madame Bovary en que Flaubert menciona a cuatro personajes que van de viaje, pero luego, en las descripciones, solo habla de tres). Proust es más difícil de traducir; una sola de sus frases monumentales podía tomarle un día entero. De Flaubert descubrió su amor por las aliteraciones y el punto y coma, su brillantez para modular el punto de vista y para usar el imperfecto (esto se pierde en inglés, pues para evitar el uso frecuente de “would” hay que cambiar el tiempo al pasado simple).

La escritura de Davis es también una reacción a sus traducciones. Alguna vez tradujo una mediocre biografía de Marie Curie (“¡tantas maravillosas frases pésimas!”), y luego separó las frases pésimas que más le gustaban y las fue uniendo hasta convertirlas en un cuento. Sus microrrelatos de una frase pueden leerse como reacciones a los estilos opulentos de un Proust. En Ni puedo ni quiero (Eterna Cadencia, 2015) hay trece cuentos que partieron como traducciones literales de fragmentos de las cartas de Flaubert a Louise Colet, para luego ser modificados levemente por Davis y convertidos en sus propios cuentos (Davis se arrepiente de algunas de estas modificaciones: en “La lección de la cocinera”, el “triple imbécil” de Flaubert se convirtió en “imbécil”, pero ahora cree que debió ser “tres veces imbécil”).

Davis reconoce que en sus traducciones hay errores todavía no corregidos (en Madame Bovary hay una “nuez” donde debería decir “avellana”). Cuando revisa su labor, la frase que la guía es: “podía haberme acercado más al original”. No es tanto confesar una derrota como aceptar que la traducción es solo una interpretación, un acercamiento, y que siempre hay espacio para las mejoras, sobre todo si quien se encarga de la labor es una perfeccionista.

miércoles, 14 de febrero de 2018

"Se impone un respiro, un alivio a una realidad demasiado agobiante"

La bajada de la nota publicada por Silvina Friera el pasado 2 de enero en Página 12 lo dice todo: “La política oficial incidió en el deterioro del sector, ya de por sí complicado con el desplome del consumo de libros. Las compras estatales se redujeron significativamente, se incentivaron las importaciones y se suspendieron los premios nacionales”.

La odisea de publicar libros 
en medio de la crisis general

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes”, escribió Antonio Gramsci. Es imposible pensar lo que sucedió el año pasado sin tomar partido y poner los pies sobre la tierra de un mercado editorial cada vez más complicado, tras dos años consecutivos de desplomes más que significativos del consumo de libros: descensos en las ventas de un 40 por ciento (2016) y un 25 por ciento en 2017. Si hubiera que adaptar el título de una película, el balance podría llamarse 2017: Odisea editorial. De no cambiar el rumbo de las políticas económicas, la impresión es que el hundimiento será cada vez más profundo. El libro no es un artículo de primera necesidad. Si no se lo puede comprar hoy, se lo comprará dentro de dos o tres meses, o cuando se pueda. Si se lo compra… Un informe reciente del Cuica (Centro Universitario de las Industrias Culturales Argentinas) señala que la producción de ejemplares impresos disminuyó un 25 por ciento: de 83,5 millones en 2015 a 62,6 millones en 2016, más de veinte millones menos, según datos del ISBN (International Standard Book Number). Hasta noviembre del año pasado, según cifras suministradas por la Cámara Argentina del Libro, se imprimieron 47.819.525 millones de ejemplares. Si se compara con el 2014 –año del récord histórico de producción de ejemplares, con más de 128,9 millones de ejemplares impresos– el descenso es superior al 50 por ciento.

Pero la magnitud del desastre no se detiene ahí. Las compras estatales, que fueron tan importantes para muchas pequeñas y medianas editoriales, se redujeron tanto que basta con ver el número para comprobar que no hay exageración posible: de 1150 millones de pesos en 2015 pasó a sólo 100 millones de pesos en 2016, un descenso del 91,3 por ciento. “La política de compras del Estado nacional había tomado impulso a partir de la sanción, en 2006, de la Ley de Educación Nacional, donde los libros tenían como destino ser material de promoción de lectura en escuelas públicas de los niveles inicial, primario y secundario.

Esta política de adquisiciones fue suspendida en su totalidad y, pese al anuncio del lanzamiento de nuevas compras en 2017, estas quedaron restringidas, y en muy menor volumen, a un segmento de 10/12 sellos que se dedican a producir manuales escolares de grado, en la mayoría de los casos grandes empresas multinacionales con capacidad de lobby”, advierte Nicolás Sticotti, autor del informe del Cuica. El Ministerio de Educación compró en 2016 alrededor de 6,3 millones de ejemplares y en 2017 4,1 millones de ejemplares. Cuando la Cámara Argentina del Libro (CAL) presentó el informe editorial para el primer semestre de 2017, la gerenta de la CAL, Diana Segovia, subrayó que hay políticas de promoción de la lectura que son responsabilidad del Estado. “Cualquier país necesita una política continua de promoción de la lectura que acá no la vemos”, dijo Segovia.

A los pocos días de asumir el actual gobierno, se anunció que se levantarían algunas restricciones sobre la importación de servicios gráficos que había regido durante la gestión de la ex presidenta Cristina Fernández. El ministerio de Cultura de la Nación celebró esta decisión en las redes sociales a través del hashtag #libroslibres. Las importaciones de 2016 duplicaron las de 2015 pasando de 40,3 millones a 78, 5 millones de dólares. En el primer semestre de 2017 las importaciones alcanzaron los 51,4 millones de dólares. El déficit en la balanza comercial aumentó un 387 por ciento, de un rojo de 13,1 millones de dólares a 50,7 millones. Ni siquiera queda el “premio consuelo” de exportar el libro argentino, que resulta sumamente costoso para los países de la región. Luis Quevedo, vicepresidente segundo de la CAL, explicó por qué cuesta exportar. “Hay muchos factores como el tipo de cambio y los costos de producción interna. ¿Por qué se imprime en China un libro infantil de tapa dura? Porque es muchísimo más barato –planteaba Quevedo–. Otro tema es el IVA al papel. Nosotros pagamos IVA al papel como costo; pero los libros que vienen de afuera no pagan ningún tributo. Ahí hay una inequidad para la producción interna que hace todavía más caro producir. Nosotros estamos reclamando insistentemente la exención del IVA al papel.”

Llueve sobre mojado. Aunque no se trató “de apuro” en la cámara de Diputados el proyecto de Ley sobre Regulación de Proveedores de Servicios de Internet –presentado por los senadores Federico Pinedo (Pro) y Liliana Fellner (Frente para la Victoria)–, escritores, editores, músicos, artistas plásticos, cineastas y diversas instituciones de la industria cultural temen que insistan en convertirlo en ley cuando se abra el período de sesiones ordinarias, este año. La llamada Ley Pinedo-Fellner establece que los proveedores de Internet no son responsables por los contenidos generados por terceros, excepto cuando hayan sido notificados por una orden judicial que los intime a alguna acción en concreto para eliminar un enlace específico publicado. Este es el punto de confrontación entre las cámaras y entidades de gestión, que solicitan utilizar el sistema de notificación implementado en Estados Unidos bajo la Digital Millennium Copyright Act (DMCA) para sacar contenidos de la web, y aquellas instituciones como la Fundación Vía Libre, que defiende la libertad de expresión y circulación, o plataformas y empresas como Taringa, que están a favor de la intervención judicial. “Las grandes plataformas han encontrado un blindaje que las habilita para explotar los derechos de autor y la propiedad intelectual que no les pertenece”, alertó el librero Ecequiel Leder Kremer, vicepresidente de la Cámara Argentina de Papeleras, Librerías y Afines (Capla) durante una conferencia de prensa en la que participaron representantes de más de 25 sociedades de gestión que rechazan el proyecto. “Los mecanismos que se prevén para ejercer la defensa de la propiedad intelectual son absolutamente improcedentes. La velocidad a la cual se publican los contenidos es escalofriante. Los tiempos de la justicia son otros”, planteó Leder Kremer.

Se impone un respiro, un alivio a una realidad demasiado agobiante. En un año durísimo, marcado fuertemente por la muerte de dos grandísimos escritores, Ricardo Piglia y Abelardo Castillo, hubo un puñado de buenas noticias. La Feria de Editores tuvo su sexta edición con la participación de más de 140 editoriales de Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Uruguay y Venezuela. En el ámbito de los festivales literarios, el Filba Internacional, que celebrará diez años en 2018, y el Filba Nacional –con seis ediciones– vienen consolidando una propuesta que pone la literatura del mundo y del país en circulación. Otro hecho auspicioso fue la primera edición del festival de no ficción “Basado en  hechos reales”.

Los escritores argentinos tienen dos importantes razones para estar profundamente indignados: la suspensión de los premios nacionales –que desde que asumió Pablo Avelluto en la cartera cultural de la Nación no se han convocado–; y el retraso de tres bienios en los premios municipales. “No hay riesgo de que se suspendan (los premios nacionales), pero aún no podemos informar cómo serán –afirmó Enrique Avogadro, entonces secretario de Cultura y Creatividad, al diario La Nación, el 24 de marzo pasado–. Quisimos revisar el sentido de los premios hoy, en función de que hay una diferencia entre su origen y la actualidad. En el escenario actual hay otros premios, como los del Fondo Nacional de las Artes o los de la Fundación Konex, con lo cual los nacionales quedan un poco desdibujados”. ¿Desdibujados? Avogadro, actual ministro de Cultura de la Ciudad, confunde lo público con lo privado; confusión que está en el ideario político del macrismo. La Unión de Escritoras y Escritores –un nuevo colectivo de escritores integrado por Selva Almada, Clara Anich, Julián López, María Inés Krimer y Enzo Maqueira, entre otros– recordó en una nota que publicaron a fines de noviembre que Hebe Uhart recibió en Chile, nada menos que de manos de la presidenta Michelle Bachelet, el Premio Iberoamericano Manuel Rojas. “Que la Argentina discontinúe o directamente no tenga políticas decididas de apoyo y promoción de la cultura y que el Estado se retire o cuestione la validez histórica y social de un galardón porque existen iniciativas privadas –como los premios Konex a los que se refirió Avogadro– resulta incomprensible.”

martes, 13 de febrero de 2018

Un ejemplo de mala traducción periodística

¿Un hombre en control de los giros de su
vida? ¿O uno que trata de entender lo que
éste artículo dice sobre él?
El 30 de diciembre del año pasado, el diario Clarín reprodujo el siguiente artículo de Julie Ho, publicado originariamente en The New York Times a propósito de la “precisión” cuando se traduce. En ninguna parte aparece el nombre de quien lo tradujo, pero su lectura revela que, justamente, en la versión al castellano, la “precisión” brilla por su ausencia. Puesto a investigar, el Administrador descubrió que este mismo texto –digámoslo– mal traducido, en el que el castellano se parece a esos folletos de instrucciones de electrodomésticos traducidos en Taiwán,  circula impunemente por diversos diarios de Latinoamérica que se nutren  de dudosos artículos de color, resumidos del diario estadounidense. Las preguntas persisten: ¿los editores periodísticos ya no leen lo que publican? O dicho de otra forma, ¿leen tan mal que todo les da un poco lo mismo? ¿ Era necesario ahorrarse unos pesos en traductores y en correctores (esta última, especie en franca extinción)? Estos engendros constituyen la mejor respuesta.

Cómo traducir la voz de un artista

Mantener una traducción fiel al original, así se trate de un libro o un filme, podría no ser suficiente. Podemos tener acceso a cintas extranjeras más rápido que nunca, pero qué tan profundamente nos identificamos con ellas tiene mucho que ver con la traducción.

Los servicios de streaming de video como Netflix están tratando de mejorar la calidad de los subtítulos para satisfacer la demanda del público. Para ayudar, el sitio de anime Crunchyroll ha recurrido al público mismo, colocando a fans en su personal de subtítulos. La idea se remonta a los días de piratería antes de que existiera Crunchyroll, cuando los fans realizaban mejores traducciones que los estudios.

“La creación oficial de subtítulos era un poco más parecida a una línea de ensamblado”, dijo Colin Decker, de Crunchyroll, a The New York Times. “Y los fans dijeron que importa la precisión. El medio los atrajo para esforzarse por entender la cultura extranjera, lo que elevó el estándar de la calidad de la traducción”.

Es un problema con profundas raíces históricas. La Odisea, de Homero, escrita originalmente en griego antiguo, ha visto cientos de años de interpretaciones y, sin embargo, hay espacio para más. La clasicista Emily Wilson descubrió un nuevo enfoque a la famosa primera línea que describe a Ulises, el rey y héroe de la historia, como politropo.

En la interpretación literal de la palabra, poli significa “muchos” y tropos significa “giro”. Pero si Ulises es un hombre de “muchos giros”, ¿acaso es un hombre en control de los giros de su vida o está a merced de éstos? Wilson nos dio: “cuéntame sobre un hombre complicado”.

“De las traducciones existentes, me parece que ninguna le transmite a un lector sin el griego la interrogante abierta que, de hecho, es la pregunta con la que abre ‘La Odisea’”, escribió Wyatt Mason, en The New York Times Magazine, sobre la traducción de Wilson. “¿Qué tipo de hombre es Ulises?”.

La interpretación de Wilson ofrece una idea distinta sobre qué tipo de hombre era Ulises.

“Quieres tener un sentido de ansiedad respecto a este personaje y de que vamos a ver cómo se desdoblan capas”, explicó Wilson. “Aún no sabemos bien cuáles son las capas. Así que, quería que se le dijera al lector: esté atento a un texto que no va a ser interpretativamente directo”.

Para Wilson, recalibrar las palabras originales no significa que pierden algún significado.

“¿El hecho de que sea posible traducir las mismas líneas de 100 maneras distintas y que todas ellas sean defendibles de maneras totalmente diferentes? Eso te dice algo”, comentó.

En su traducción de Ulises como un “hombre complicado”, la opción de palabras se siente moderna, hablando directamente al lector de hoy.

Cuando Carina del Valle Schorske, una traductora en Nueva York, considera un texto, lo disfruta por lo que es: una interpretación.

“Ciertas palabras se mantienen empecinadas a ambos lados de una frontera y parecen no querer revelarse”, escribió en The Times Magazine. “Tomo eso como un recordatorio de que conocer a alguien, y conocerme a mí misma, es siempre un asunto inconcluso”.

Para Wilson, los términos precisos pueden ser infieles siempre y cuando sean veraces. Explica que una interpretación aún menos tradicional de politropo sería “infiel”.

“Podría haber dicho, ‘cuéntame sobre un esposo infiel’. Y ésa es una traducción viable”, apuntó. “Pero le daría una perspectiva totalmente diferente”.

lunes, 12 de febrero de 2018

"A diferencia de las artes escénicas, la industria editorial siempre ha sido un sector comercial que ha tenido que encontrar la cuadratura de sus círculos."

También el 15 de diciembre pasado, y sobre el mismo tema del día de ayer, Claire Armitstead escribió en The Guardian un segundo artículo sobre la situación de los escritores de ficción en Gran Bretaña. Se reproduce aquí, traducido por Julia Benseñor.

La ficción literaria está en crisis.
Debe comenzar un nuevo capítulo en el
financiamiento de autores

Finalmente, la noticia es oficial: la ficción literaria se encuentra en crisis y los escritores de todo el país se pasan la noche en vela en sus buhardillas, dan clases o trabajan duro en empleos ajenos a la escritura para que el fuego siga ardiendo en el hogar. Esta imagen al estilo de Dickens fue revelada por el Arts Council England hoy en un informe que indica que es probable que deba modificar sus prioridades de financiamiento con el fin de salvar a una población suya solvencia económica y cultural se ha ido debilitando con el correr de los años.

¿Por qué se ha llegado a esta situación y cuán importante es? Lo primero que hay que aclarar es que la gente no está necesariamente leyendo menos: la venta de libros impresos entre ficción, no ficción y títulos infantiles aumentó casi el 9% en el Reino Unido el año pasado, mientras que el jueves los analistas del mercado Nielsen Book Scan revelarán que las ventas durante el importantísimo período navideño han crecido el 20% desde 2013.

Pero lo que resulta indudablemente cierto es que en la era del teléfono inteligente y los servicios de streaming, los libros enfrentan una competencia sin precedentes por atraer nuestra atención, y que cuando preferimos un libro en lugar de una película o contenidos de redes sociales, estamos corriendo menos riesgos. El año pasado, encabezó las listas el guión de la obra de teatro Harry Potter y el legado maldito, de J. K. Rowling (y Jack Thorne). Rowling también ocupó los puestos 12, 28, 64 y 95, el último como su álter ego, el escritor del género negro Robert Galbraith, un éxito debido a la combinación de marketing y familiaridad que puede mantener viva una tendencia por años, si no décadas. El libro de Philip Pullman que siguió a la serie de La materia oscura, La bella salvaje, vendió casi un cuarto de millón de copias desde octubre.

A los autores que se han vuelto intergeneracionales a medida que sus lectores jóvenes fueron creciendo les va particularmente bien con esta tendencia de familiaridad para crear afecto. Pero esto no ocurre sólo con escritores de libros infantiles. El último volumen de la muy literaria y muy adulta trilogía sobre Thomas Cromwell de Hilary Mantel tendrá megaventas garantizadas cuando llegue a las librerías.

Este imperativo de la continuidad ha formado parte desde hace mucho tiempo de los cimientos de los editores comerciales, que esperan que muchos de sus escritores más exitosos “escupan” un libro por año. Y a medida que la industria editorial se ha centralizado más y ahora concentra mucho de su poder en tres conglomerados gigantescos, se ha vuelto más despiadada.

La cruel verdad es que a los largo de las décadas del ochenta y del noventa, los novelistas literarios podían vivir de los anticipos que no generaban ganancias extra. Eran apoyados por un sistema de valores pasado de moda que autorizaba el paso a pérdidas y ganancias por el prestigio que significaba que lo asociaran con un escritor “importante” y por la creencia de que el valor literario podía compensarse con las utilidades de ediciones más pragmáticas.

Pero es fácil volverse nostálgico. Si analizamos las novelas literarias que según el Arts Council vendieron más de un millón de copias en el último par de décadas, se pone en evidencia otra tendencia: Expiación, de Ian McEwan, Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini, La vida de Pi, de Yann Martel y La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger pueden no deber su éxito original a las películas que se basaron en ellas, pero han obtenido beneficios del lucrativo mercado de los productos licenciados.

A diferencia de las artes escénicas, la industria editorial siempre ha sido un sector comercial que ha tenido que encontrar la cuadratura de sus círculos. Esto se refleja en el hecho de que recibe sólo el 7% de la torta financiera que reparte el Arts Council, a diferencia del teatro, que recibe el 23%, y la danza, que recibe el 11%.

La mayor parte de ese dinero se ha utilizado para financiar a editores que producen poesía y literatura traducida, que nunca han podido abrirse su propio camino financieramente. De modo que habrá sangre en la alfombra si los recursos existentes se vuelcan a brindar apoyo a los novelistas.

Algunos argumentarán que esto sencillamente demuestra que la ficción literaria es resaca del pasado y que los pobres autores deberán ponerse las pilas y resignarse a escribir lo que la gente quiere leer realmente. Pero pocos se atreverían a decir lo mismo sobre el teatro o la danza experimental. Y esto no tiene en cuenta el hecho de que —como sucedió con Pullmany Mantel— a los escritores puede llevarles décadas lograr el éxito.

Es más, investigaciones realizadas por la Nueva Escuela de Investigaciones Sociales de Nueva York el último año indicaron que la ficción literaria tiene un valor social medible, que aumenta los niveles de empatía a diferencia de otros géneros de ficción.

De modo que, suponiendo que no vamos a decirles a los escritores qué deben escribir, y que tampoco queremos que la literatura se convierta en el dominio exclusivo de aquellos que no necesitan ganarse la vida, es preciso encontrar maneras de permitir que los demás tipos de novelistas continúen escribiendo.

Esto no quiere decir que, simplemente, haya que cortar el actual trozo de la torta en porciones más pequeñas o diferentes; implica que hay que hablar con más fuerza y convicción para que se agrande el tamaño de la porción. Aun si desconocemos su valor intrínseco, ¿dónde estarían los mundos de las películas u obras de teatro si no existieran todas esas novelas literarias y cuentos para adaptar?


•Claire Armitstead es editora asociada de cultura de The Guardian.